La pelea contra Brainiac había terminado. Edificios derrumbados, humo saliendo de los autos abollados y bomberos por todos lados. Los acompañaba la clásica multitud de gente filmando con el celular sin ayudar en nada. Superman miraba el horizonte. Con el traje polvoriento, exhaló aire como quien sabe que su deber está cumplido.
Entre las sombras, apareció Batman (porque Batman siempre aparece entre las sombras). Caminó hasta un kiosco medio torcido, y sacó de su baticinturón un fajo de billetes:
—Dos latitas de Coca—dijo Batman con voz ronca—. Bien frías, por favor.
Le alcanzó una lata de coca a Superman.
—Tomá Súper, yo invito—dijo Batman.
—Gracias, Bati—dijo Superman mientras abría la lata—, la próxima invito yo.
—Nah, olvidate. Con el último aumento que me dieron ando con algo de resto.
Superman se atragantó.
—¿Perdón? ¿Cómo que aumento?
Batman dio un sorbo tranquilo, con esa parsimonia de millonario que nunca cargó ni una sola bolsa de supermercado.
—Sí, sí… el aumento—dijo Batman—. Dicen que es por mi capacidad de gestión y de networking. Algo así.
Superman quedó con la lata cerrada en la mano, mirando al murciélago como si estuviera viendo un episodio nuevo de Friends doblado al kriptoniano.
—Pará, ¿vos cobrás más que yo? —preguntó, entre dientes.
—No lo sé, parece que sí —respondió Batman, encogiéndose de hombros—. Igual, bien merecido, ¿no?
Superman no dijo más nada. Sin darse cuenta apretó la lata roja hasta deformarla. Con la excusa de que tenía que “hacer un trámite”, salió volando directo a la Torre de la Justicia.
Llegó al Departamento de Recursos Humanos con la misma expresión con la que suele atrapar meteoritos del tamaño de un colectivo. Golpeó la puerta con suavidad (una vez se le fue la mano y tuvieron que reconstruir tres pisos de la Torre), y pasó.
—Buen día, Clark… perdón… buen día, Superman —dijo la de Recursos Humanos, con esa sonrisa profesional que aguanta cualquier catástrofe—. ¿En qué podemos ayudarte?
Superman estaba incómodo en todo sentido. Por un lado la sillita de visita le parecía diseñada para duendes. Por el otro, sentía entre miedo y culpa por lo que estaba por plantear. Justo Él, que acababa de derrotar a un supervillano, destruyendo media ciudad, tenía miedo.
—Mirá, me enteré de que Batman cobra más que yo—dijo tragando saliva—. Y, sinceramente, no me parece justo. Yo vuelo, tengo visión de rayos X, paro trenes con el pecho… ¡y ese tipo apenas tiene un cinturón con sogas!
La de Recursos Humanos lo miró en silencio.
—Entendemos tu punto, Kal-El—mientras, la de HR acomodaba unos papeles—, pero Batman trae un valor agregado difícil de igualar. Gracias a sus contactos con Wayne Enterprises conseguimos sponsoreo, fondos y hasta catering para las reuniones de equipo. ¿Sabías que la cafetera nueva de la sala de descanso fue una donación?
Superman apretó los labios.
—¿Y eso qué tiene que ver? ¡Yo salvé al planeta de la destrucción total! Batman lo único que hizo fue atrapar a un lunático que se disfraza de payaso.
—Por supuesto que cuenta —dijo la de HR, condescendiente—. Pero nuestro objetivo es la equidad. Vos, por ser kriptoniano, ya partís con ciertas… ventajas: fuerza sobrehumana, invulnerabilidad, juventud eterna…Batman, pobrecito, es un mortal común. Por otra parte, él tiene más gastos de mantenimiento.
Superman frunció el ceño.
—Pero él ni siquiera tiene poderes…
—Justamente, ahí está la magia de Recursos Humanos —replicó la mujer, casi con solemnidad—. La justicia no es tratar igual a todos, sino nivelar las diferencias. Vos ya naciste con el “paquete premium”. Vivís en tu granja, planchás tu capa y estás. Batman tiene todo un equipamiento que mantener. Y bueno, ni hablar del alquiler de la baticueva ni la nafta que consume el batimóvil
Superman entendió que no iba a conseguir nada. Se quedó como si hubiera recibido un puñetazo de Doomsday. Suspiró provocando una ventolada que despeinó a la de HR, se levantó, y caminó hacia la puerta.
Tardó trece segundos en llegar a su locker donde estaba su ropa de oficina. Se calzó las medias, el pantalón, los zapatos. Todo por encima de su traje de superhéroe. Por último fue abrochando su camisa, botón a botón de abajo para arriba. Se puso el saco y sacó del bolsillo izquierdo sus anteojos que terminaban de convertirlo en Clark Kent. Del bolsillo derecho sacó su celular y marcó un número para llevarse lentamente el teléfono al oído.
—¿Hablo con el señor Fury?—dijo, ahora Clark Kent—. Hola, Nick, te habla Superman.
Se escucharon unas palabras desde el teléfono.
—Bien, todo bien por acá—siguió Clark—. Sobre el aviso que publicaron, quería conocer más detalles de la propuesta.
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