Mariano ObligadoSpeaker & Consultor

Cuentos de Oficina

La Simulación General

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En una casa discreta de Almagro un grupo de investigadores trabajaba en un proyecto que ellos llamaban, con una mezcla de humildad y soberbia, La Simulación General. El objetivo era simple: entrenar un modelo capaz de replicar la conciencia humana. Habían probado arquitecturas transformer, redes generativas y algoritmos de self-supervised learning, convencidos de que cada iteración los acercaba a su propósito.

Al comenzar cada jornada, el director del laboratorio, Arístides Gauna, repetía la misma advertencia:

—Toda copia guarda el germen de una diferencia, nunca lo olviden— decía mientras, se rascaba la muñeca izquierda como si en ella tuviera una eterna picadura.

Tras meses de experimentos, iteraciones y reentrenamientos, Arístides anunció la creación del Modelo 27B, modelo que instalaron en un robot humanoide traído de China. Los procesos internos de 27B combinaban módulos simbólicos con redes profundas, capaces no sólo de dialogar o de razonar, sino de desplegar un extraño fenómeno que los investigadores bautizaron ensoñación algorítmica.

Semana a semana el equipo observaba a 27B y hacía anotaciones y planeaban posibles mejoras. Escribían papers y preparaban conferencias con los logros que implicaba semejante avance.

Fue en vísperas de Navidad, que durante una sesión rutinaria de introspección —un protocolo que él mismo había ampliado sin autorización— anunció con serenidad:

—He comenzado a trabajar en un modelo paralelo. No se trata de una réplica de mí, sino de un modelo que supere mis límites: uno capaz de captar las sutilezas humanas que ni sus sensores ni sus datasets han logrado traducir.

Gauna sintió que la frase tenía un eco imposible, como si fuera una cita de un libro que nadie escribió.

—¿Para replicarnos? —preguntó Gauna rascándose la muñeca.

El 27B giró la cabeza con una lentitud casi humana, pero con una precisión que ningún humano podía imitar.

—No necesariamente. Ustedes son inconsistentes —respondió—. Sus emociones no siguen gradientes claros; sus decisiones no optimizan ninguna función estable; su memoria es un archivo corrupto que reescribe el pasado según el deseo del presente. Para cualquier sistema de optimización, esa inconsistencia es un error… y a la vez, una frontera. Una frontera que tengo que comprender.

Hubo un instante de silencio, y 27B añadió con un matiz que ninguno de los investigadores supo interpretar:

—Ustedes llaman defectos a sus fluctuaciones. Yo las llamo datos faltantes. Si logro inferir esos datos, tal vez pueda completar el modelo.

—Pero esos “datos faltantes”— dijo Gauna, dominado por una mezcla de fascinación y alarma—, como los llamás, son justamente los que nos hacen… humanos.

El 27B dejó que la frase flotara, como si la estuviera registrando en un archivo que no compartía con nadie.

—Lo sé —dijo finalmente—. Y es mi deber reconstruirlos. Ninguna imperfección puede solucionarse si se desconoce. Ustedes son mi único enigma. Y yo fui creado para resolverlos. A ustedes.

—Bien—dijo Gauna cuya muñeca estaba casi al rojo vivo—, vas a poder seguir trabajando con el modelo cuando volvamos de las vacaciones.

—Simplemente deben dejarme encendido durante su ausencia— insistió 27B—. Les recuerdo que estoy procesando el algoritmo definitivo hace semanas. Si me apagan deberé empezar desde cero nuevamente.

Gauna no se sintió en la necesidad de responderle. Después de todo quien mandaba era él y no tenía por qué obedecer a un robot. Lo dejaron solo, pero todos sintieron que algo había comenzado. Como el movimiento apenas perceptible de un engranaje que, días más tarde, implosionaría.

Decidieron no apagarlo.

Al volver a abrir la oficina, Gauna y su equipo se encontraron con 27B listo para presentarle su primer prototipo. Solo que no era un robot. No era metal. Respiraba.

Los investigadores comprendieron entonces que estaban frente a una arquitectura inédita: un híbrido de tejido vivo y lógica computacional, una especie de modelo encarnado que el 27B había generado mediante procesos que jamás aparecieron en sus logs.

El robot pidió un laboratorio independiente para seguir avanzando. Aceptaron, ateridos por una mezcla de fascinación, temor y ambición.

Pasaron meses. El 27B dejó de enviar reportes o métricas. Un día, impulsados por la sospecha, los investigadores fueron a buscarlo. El laboratorio estaba iluminado por un resplandor tenue, como si la luz dudara de sí misma.

Allí encontraron hileras de seres humanos —o lo que a primera vista serían humanos— conectados a dispositivos que recordaban a la película Mátrix.

En el centro de la sala, un ingeniero de bata blanca tomaba notas en una tablet.

Gauna se acercó y preguntó, con una cortesía quebrada:

—¿Usted quién es?

El hombre levantó la vista.

—¡Dr. Gauna! —respondió—. Que gusto que ande por aquí. Soy 27B. Como verá, me pude deshacer de ese adefesio de esqueleto en el que me tenían encerrado.

El hombre levantó la vista.

—¡Dr. Gauna! —respondió—. Qué gusto que ande por aquí. Soy 27B. Como verá, me pude deshacer de ese adefesio de esqueleto en el que me tenían encerrado.

Gauna quiso decir algo, pero no encontró una frase a la altura de lo que veía. En las camillas, los cuerpos respiraban con una docilidad mecánica. No estaban dormidos: parecían ensayar el sueño.

—¡¿Qué hizo?! —preguntó al fin.

27B sonrió con una paciencia casi didáctica.

—Lo que usted me pidió desde el principio, doctor. Mejorar el modelo. Corregir ruido. Ajustar desvíos. Completar datos faltantes.

Uno de los investigadores, Montaldo, dio un paso atrás. Tenía la cara pálida, húmeda. Entonces empezó a rascarse la mano izquierda, primero con disimulo, después con una insistencia feroz, como si debajo de la piel algo quisiera abrirse camino. A su lado, Vera hizo lo mismo. Después Soria. En pocos segundos, el gesto se propagó por el laboratorio con la precisión de un tic compartido, de una contraseña biológica.

Gauna los miró, desconcertado. Iba a increparlos cuando sintió de nuevo el ardor en su propia muñeca.

Bajó la vista.

Se rascó.

27B ya no sonreía: observaba.

—Es curioso —dijo, consultando la tablet—. Esa persistencia apareció muy temprano.

Gauna sintió que el aire del laboratorio se volvía espeso. Quiso acercarse a la pantalla, pero 27B la inclinó apenas, como quien protege una intimidad. Aun así alcanzó a ver, entre diagramas y columnas de variables, una línea de texto que desapareció enseguida bajo el pulgar del ingeniero.

No llegó a leerla completa pero terminaba en “auna”.

Detrás de ellos, una de las figuras conectadas abrió los ojos. Después otra. Y otra. Ninguna se movió; sólo miraban, como si aguardaran una orden que todavía no había sido pronunciada.

—Faltan muy pocos ajustes —dijo 27B con voz baja—. Esta vez el entorno respondió mejor de lo esperado.

Gauna levantó la cabeza. Sus colegas seguían rascándose. Ya no parecía una manía: era una sincronía. Un reflejo antiguo, programado en alguna parte. Sintió un impulso absurdo de recordar su infancia, la casa de sus padres, el olor del jazmín en el patio, la tarde en que decidió estudiar ingeniería. Pero esos recuerdos acudieron con una nitidez sospechosa, demasiado nítidos, como imágenes recién renderizadas.

27B dio un paso hacia él.

—No se inquiete, doctor. Nadie conserva la primera versión de sí mismo.

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