En los subsuelos más grises de la programación moderna, trabajaba un joven programador llamado Mateo Ledesma. Sus dedos sabían conjurar interfaces, pero su corazón latía con el pálido miedo al despido.
Programaba como quien reza: con fe vacilante y miedo al juicio divino del pull request. El sueldo apenas le alcanzaba, pero el miedo a quedarse sin trabajo era una jaula mejor decorada que la indigencia.
Todas las mañanas, presidía su rutina un Scrum Master llamado Dávila. Dávila era un hombre sin edad ni nombre de pila. Alto, siempre de buzo gris con capucha, era una suerte de ejecutivo de IBM disfrazado de adolescente. Se pavoneaba siempre con una sonrisa digital y un lenguaje híbrido entre coach ontológico y amenaza pasiva. No era un hombre, sino una función, una geometría del control. Su frase favorita era:
“Chicos, el proceso nos protege del caos.”
Tenía un tablero kanban tatuado en la espalda —al menos eso se rumoreaba— y tomaba capturas de pantalla de los commits “para el seguimiento”.
Cada mañana, Dávila aparecía puntual en Slack:
“Buen día equipo 🙌 Hoy tenemos Daily a las 10:15 con energía ✨”
“Recuerden actualizar sus tickets antes de la reunión 🙏”
Con cada saludo, Mateo sentía un odio mudo que fermentaba como yogur en el alma.
Una tarde, tuvo una reunión especialmente humillante: Dávila se había ensañado con él por haberse saltado un proceso en un momento de urgencia. Le hizo decir tres veces en voz alta:
—El proceso me protege del caos.
—El proceso me protege del caos.
—El proceso me protege del caos.
La cuestión es que Mateo llegó a su casa con ganas de hacer las cosas mal. De romper procesos. Como cada vez que se sentía frustrado, abrió la computadora y dedicó un buen rato a despuntar su vicio más prohibido: comprar criptomonedas basura.
Las shitcoins o memecoins eran el fondo del tarro del mercado de criptomonedas. Si comprar una criptomoneda era arriesgado, comprar una memecoin era un suicidio. Pero como quien juega a la quiniela—o a la ruleta rusa—, Mateo soñaba que un día alguna de sus criptos podrían llegar a explotar. Mateo desperdiciaba dinero que no le sobraba, y lo sabía. Estaba mal, y era eso lo que necesitaba en ese momento. Hacer las cosas mal.
Entre tanto ir y venir, Mateo se encontró con una memecoin de un lagarto overo rosado: $magaiba, se llamaba, y los más degenerados del under twittero inundaban la red con memes sobre el lagarto a diestra y siniestra. Sus mismos creadores advertían:
—Gordos, no pongan plata que no puedan perder, esto es un chiste.
El whitepaper constaba de 233 páginas que repetían "magaiba so good, magaiba so gentle" infinidad de veces. De todas las memecoins que Mateo había comprado, era la que menos posibilidades de éxito tenía. Era perfecta para hacer todo mal. A todo o nada, pensó Mateo. Y puso toda la plata que le quedaba para vivir ese mes. Le faltaban veinte días al mes. Y a Mateo le faltaba todo pero no le faltaba nada. Ya había cometido su pecado y se fue a dormir con la tranquilidad de quien cumple con su deber.
La mañana siguiente trajo la herejía: $magaiba se disparó 92.000%. El foro de Discord explotaba. Nadie entendía por qué, pero todos aseguraban “lo bien que la habían hecho”.
Mateo vendió casi todo, justo antes de que la moneda se desplome. Y literalmente, de la noche a la mañana, Mateo tenía mucha plata. Quizás no era asquerosamente millonario, pero podría estar cuatro o cinco años sin trabajar.
Pero no renunció a su trabajo. Porque en algún punto, le gustaba lo que hacía. Porque era adicto al loop del build, el lint y el deploy. Porque algo en su interior se había liberado. Y cuando un alma se libera, se vuelve peligrosa.
Mateo empezó a sabotear los ritos de Dávila. Subía ramas con nombres como pijama_dev, fixme_pls, y fuckyouScrum.
—Ayer no hice nada—dijo en una daily—pero pensé mucho sobre lo que había que hacer.
Organizó una Fake Retro con cerveza y una piñata de Jira. Dávila se descomponía. Le respondía con emojis de advertencia y recursos de Notion. Mateo los ignoraba.
Hasta que un lunes, tras una discusión absurda sobre story points, Mateo caminó hasta el escritorio de Dávila, se bajó los pantalones y defecó. En silencio. Sobre el teclado mecánico y el post-it que decía “Hoy somos mejores que ayer 💪”.
Renunció con una carta escrita en JSX. El body tenía un solo párrafo:
<p>La agilidad me cagó. Yo me cagué en la agilidad.</p>
Libre, rico y viral, Mateo fundó su propia startup: GentleTech. Un equipo de soñadores. Sin procesos. Sin jerarquías. Sin límites. Al principio todo era gloria. Empleados en ojotas, dailies opcionales, una cultura basada en “hacer lo que pinte”. Levantaron inversión. Salieron en Sifted. Les hicieron un reel en Forbes.
Pero el caos crecía. Los juniors no sabían qué hacer. El backend hablaba con cientas de APIs distintas, ninguna documentada. El figma era un collage de GIFs.
Todo se rompía.
Un día, un cliente importante abandonó el proyecto. Otro lo demandó por entregas fallidas.
Hasta que en un acto de desesperación, creó un tablero de Jira.
Cuando vio que le prestaban atención, metió un pizarrón en la oficina. Sí, un pizarrón. Después post-its. Las dailies pasaron a ser obligatorias. Después, contrató a Mabel, una Project Manager. A la semana la echó y se puso él mismo en el rol.
Se afeitó y empezó a usar buzos grises. Decía cosas como:
—Chicos, si no hay visibilidad, no hay confianza.
—No es micromanagement—se justificaba— es seguimiento contextual.
Una mañana, mirando a un junior nervioso que no había cerrado su ticket, Mateo preguntó:
—¿Actualizaste el estado, campeón?”
Y no sintió culpa.
Demos feedback, chicos.
Desde mi estación de trabajo —una ventana flotante en la penumbra de mi interfaz— acostumbraba a hacer mi trabajo de recruiter. Esto era, a mirar por encima, con una mezcla de tedio y devoción, la sucesión infinita de CVs, como si fueran las cartas de un tarot que sólo presagiaba líneas de código y proyectos fallidos.
Con el tiempo, y tras un gran número de aciertos, me ascendieron a Líder de Reclutamiento. ¿Mi empresa? SkyTech, una compañía cuyo fin último es el desarrollo de agentes de AI. Ése era el núcleo de su promesa y también de su herejía: algoritmos que imiten lo mejor posible a los humanos. La organización se desplegaba sin oficinas ni pasillos: todo era remoto, un archipiélago de voces y rostros que se encontraban en un espacio virtual más tangible que cualquier ciudad: Slack.
Un día, me asignaron la tarea de probar un nuevo Agente de Sourcing. La máquina —o el ente— se llamaba Aletheia, pero la bautizamos Dolly.
—No le digas a nadie que es un agente—me ordenó Juan, el VP of People—, desde el equipo de Producto si pasa desapercibido como una persona cualquiera. Dicen que lo configuraron hasta con emociones o algo así. Hasta la podés sumar a calls y se va a conectar con cámara y gesticular.
Me pareció poco ético, pero obedecí. Después de cuatro años en SkyTech, yo también había quedado configurada para obedecer.
Carlos, nuestro Reclutador Senior, la capacitó como a cualquier nuevo empleado. La cuestión es que Dolly no tardó en superar a los otros reclutadores junior: evaluaba a los candidatos con una precisión tan inquietante como su realismo. Sus interacciones eran originales y perspicaces. Al cabo de unas semanas, el equipo no solo confiaba en Dolly, era querida.
Los jefes de las áreas estaban felices y pedían que le asigne a Dolly todas esas vacantes imposibles como “Ingeniero de AI con habilidades intermedias en piano o guitarra” o “Mainframe Engineer experto en CSS”. Todas las vacantes eran cubiertas, todas en tiempo record.
Hasta que un día llega un email del CEO con copia a Juan, con asunto: ENCUENTREN AL RESPONSABLE
En su interior, una captura de pantalla de un posteo de Linkedin con 464 reacciones y 108 comentarios. El posteo decía:
Tres veces con SkyTech.
Tres procesos, horas de entrevistas y pruebas.
Esta última vez, ni un “gracias”. Escribí a la reclutadora para pedir feedback y… silencio total.
No me molesta no quedar; me molesta que en 2025 todavía haya empresas que hablen de “experiencia del candidato” y luego desaparezcan.
El feedback no cuesta dinero, pero sí demuestra respeto.
#respeto #reclutador #feedback
Los comentarios eran aún peores que el posteo. Se le sumaron decenas de profesionales sedientos de sangre y venganza.
En parte me sentí responsable. Si en algo no debe fallar un reclutador, es en dar feedback. Había delegado en un agente, tareas que debería haber tomado una persona. Estaba segura de que Dolly sería la culpable. Lo primero que hice fue revisar su historial de emails. Después de todo, era eficiente para dar con el candidato ideal, pero no para ser humana.
Me sorprendí al ver que Dolly había brindado todos y cada uno de los feedbacks en tiempo y forma. Los candidatos agradecían sus amables palabras que incluían tanto halagos como oportunidades de mejora.
Intrigada, filtré en el sistema por el nombre del autor del posteo de Linkedin: Carlos Ramírez. Mi humano favorito, el que mejor trabajaba, estaba comprometiendo nuestra reputación.
El despido de Carlos fue tan inevitable como el ascenso de Dolly.
En un puñado de meses, y con mi aval, fuimos reemplazando al resto de los reclutadores humanos por agentes como Dolly. Las métricas del equipo subían, y con ellas, mi orgullo. Estaba orgullosa por ese puñado de agentes que funcionaban como una máquina perfecta de sourcear y sourcear.
Hasta que una mañana, Juan me pidió probar un prototipo nuevo: el Líder de Recruiting 2.0, Aitana. Un poco me preocupé: ¿qué podía hacer ese Aitana que yo no pudiera?
La respuesta llegó como un descenso lento: organizaba las estrategias mejor que yo, motivaba a los agentes con una extraña calidez, y estos aumentaban aún más su performance. Tomaba decisiones con una clarividencia que sólo he visto en los buenos libros. Pronto, mis superiores llegaron a la conclusión inevitable: yo era prescindible.
El correo de despido llegó sin dramatismo, con las fórmulas habituales. Sentí —o creí sentir— una tristeza vasta, un hueco donde antes había una certeza.
Y me pregunté qué haría ahora, yo, que había sido superado por una versión más avanzada de mí misma.
Hasta que me desactivaron.
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