Mariano ObligadoSpeaker & Consultor

Cuentos de Oficina

Le Recruteur

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—¡Silence, s’il vous plaît! —bramó le recruteur, Armand, parado sobre una mesa en el centro de la taberna de Villeneuve. Alzó su copa de vino—. ¡Silence, que lo que voy a decir no es para borrachos, sino para hombres!

Las conversaciones se apagaron. Les cartes à jouer quedaron en suspenso. El perro del tabernero dejó de rascarse.

—Francia—la voz de Armand Trémaux era cálida, decidida, como la de un viejo amigo—. Francia está llamada a conquistar Europa. No por codicia. No por oro. Sino porque solo nosotros, los franceses conocemos el verdadero valor del honor. Y ese honor, el honor de l´Empereur, los necesita.

—Yo estuve en Austerlitz —continuó, con tono teatral—. Vi al Emperador bajar de su caballo para levantar a un soldado herido. Le dijo: “No caerás sin que Francia te vea”. Ese soldado murió al día siguiente… ¡pero lo hizo sonriendo! ¿Y sabéis por qué? ¡Porque murió con gloria! Porque dejó de ser un campesino para convertirse en un héroe.

Los muchachos, se apiñaban como terneros frente a un carnicero elegante. Lo miraban con una mezcla de temor y deslumbramiento.

—Escuchadme bien: el coraje se pagará con gloria. Mientras que la cobardía… y la deserción… ¡se pagarán con deshonra y con guillotina! Sí, amigos. La cuchilla no distingue entre reyes y rufianes. Pero sí entre héroes y cobardes.

—Jean-Baptiste— Armand señaló a un joven flacucho— , me han dicho que tienes los brazos de un forjador de cañones. Henri, tus piernas son perfectas para cargar bayonetas. Y tú, Étienne… bueno, siempre puedes gritar "¡Vive l’Empereur!" más fuerte que nadie.

—¿Y que hay del oro? —gritó un jóven.

—¡Ah, sí! L'Empereur paga muy bien. Tres luises por mes, ración doble, botas nuevas. Y lo más importante: el oro del enemigo. El oro del enemigo será de ustedes con tan solo un disparo ¿Queréis seguir cargando estiércol? ¿O queréis volver con uniforme, sable… y oro? ¡Mucho oro!

La taberna estalló. Todos los muchachos se pusieron de pie. Algunos ya se peleaban por firmar primero. Armand, con pluma en mano y sonrisa de vendedor de paraíso, anotó nombres como quien recoge uvas maduras.

Esa noche, Armand reclutó a 42 jóvenes.

El trato con L'Empereur era claro: veinte reclutas por semana. Era una cifra ambiciosa, pero no imposible para alguien con la labia de Armand. Además, tenía un pequeño incentivo: por cada recluta extra, recibía un luis de oro. Y si bajaba de quince… bueno, digamos que los contratos estaban hechos para cumplirse.

Al principio, Armand fue una máquina de producir soldados. Usaba discursos, sobornos, amenazas, panfletos, teatro callejero, e incluso una vez hizo que un cura lo bendijera como "ángel de la victoria". Pero pasaron los meses, y las noticias del frente comenzaron a oler mal. Peor que los calzones de un tamborilero después de Austerlitz. Primero llegó el rumor de que Rusia no era tan amistosa como parecía en los mapas. Luego, que la nieve comía hombres como si fueran caramelos. Y finalmente, que Napoleón, ese mismo Emperador de mirada de águila y mano escondida, estaba perdiendo más soldados que botones su chaqueta.

Armand, mientras tanto, seguía intentando reclutar.

—¡Hombres de Montreuil! —gritó una tarde, frente a una taberna semivacía—. ¡Alistarse es una honra sin igual!

—¿Eso decís vos o el carnicero que perdió tres hijos en Leipzig? —gritó una anciana desde una ventana.

—¡El coraje...! —intentó repetir Armand.

—¡El coraje es quedarse acá y no morirse congelado en Polonia! —le gritó otro, tirándole una zanahoria.

Ya no funcionaban las amenazas de guillotina ni las promesas de oro (que nunca nadie había visto).

En Nîmes, reclutó sólo catorce.

En Dijon, nueve. Uno era ciego

Hasta que una tarde gris, mientras reclutaba en una taberna de Clermont, llegó un oficial escoltado por cuatro soldados.

—Monsieur Trémaux—dijo el oficial—, su rendimiento ha sido inaceptable. Y dado que no a cumplido con la cuota de reclutas pautada, l´Empereur ha de ordenarle que se presente en el frente.

—¿¡Yo!? ¿¡Al frente!? —Armand palideció tanto que hasta su sombra parecía mareada—. ¡Pero si yo tengo pie plano! ¡Y vista delicada! ¡Y principios morales!

No hubo caso. Lo montaron en un carruaje junto con otros reclutadores venidos a menos y los enviaron hacia el este. Al primer disparo que oyó, Armand se tiró al suelo, se cubrió la cabeza y gritó:

Apenas pisó el frente, Armand supo que estaba en el infierno. Frío, barro, gritos. La pólvora olía a traición, y los cadáveres tenían la cortesía de no hablar mal del Emperador.

A la primera carga, se escondió detrás de un cañón.

A la segunda, fingió fiebre.

A la terrera, aprovechó la confusión de un ataque para robarle el abrigo a un cocinero y desertar en una carreta llena de papas.

Lo último que se supo de Armand Trémaux fue que vivía en Marsella bajo el nombre de Monsieur Lafayette, enseñando "retórica patriótica" a niños ricos y afirmando que los verdaderos héroes no mueren:

Se reinventan.

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