Era la noche final del año en la torre de vidrio de la empresa, esa que nunca dormía y cuyo nombre no conviene pronunciar, aunque algunos la llamaban con cariño “la bestia de mil commits”. Una reunión se había convocado en el Salón de Usos Múltiples de la Torre. Allí donde los códigos se apagaban y los tragos se encendían bajo luces LED intermitentes y algoritmos de luces danzantes. Allí comenzaba una celebración... de carne y de bits.
Ezequiel, desarrollador back-end de mirada lánguida y barba incipiente, llegó con el corazón palpitante. No por la música o el whisky servido por un robot bartender, sino por una promesa: Lía.
Desde que Ezequiel entró a la empresa, Lía había sido su principal motivación. Habían hablado durante semanas por Slack. Intercambiaban memes sobre debugging, compartían playlists de rock progresivo japonés y discutían la poesía cuántica de la soledad en los microservicios. Ella sabía de Kafka (el escritor y el sistema de colas). Brillante, divertida, inquietante, era junto con su salario, lo que mantenía a Ezequiel en la compañía.
Una mañana de martes, cuando llegó la invitación a la fiesta de fin de año, Lía le escribió por Slack sin siquiera saludar:
“Si vos vas, yo voy.”
”Me lo estaba pensando, pero si vos vas, yo voy. Definitivamente”
“Genial, voy a poder estrenar mi vestido negro y azul”
Y él fue.
Ezequiel recorrió el evento como un espectro errante. Cien personas quizás. No más. Bastante escaso para una empresa de quinientos empleados. Algunos bailaban sin ritmo. Otros hablaban con copas en la mano como NPCs en loop. Las miradas vacías. Sonrisas sin alma.
—¿Viste a Lía? —le preguntó a Franco, un QA con el que alguna vez compartió un sprint infernal.
—¿Lía? Nunca la vi en una fiesta. Dicen que no sale de la compu. Como si no existiera —respondió entre risas y un trago de fernet con Coca Zero cuya espuma le quedó de bigote.
La frase quedó flotando. Como un hilo en el aire.
Pero Ezequiel dejó de buscar y trató de relajarse. Fue hacia el bartender-robot que le sirvió una pinta de cerveza artesanal y después otra.
Se acercó a un montón de siluetas reconocidas, y trato de escuchar lo que decía su Project Manager, Lucas, solo con el fin de entrar en la conversación.
—... algunos perfiles se generaron con IA para equilibrar culturas de equipo. Te chatean por slack, dan buena vibra, hacen shadowing... No todos saben. HR lo maneja en silencio. Vos sabés cómo es esto...
Y de pronto, todo encajó. Lía y sus respuestas perfectas. Lía y sus timings exactos. Lía y su falta de Zooms con cámara. Lía y su firma con emojis demasiado prolijos. Lía...
Era parte del sistema.
Un espejismo entrenado para generar pertenencia. Una ilusión emocional algorítmica. Un troyano afectivo.
Ezequiel, embriagado de cerveza y desengaño, se dejó caer en el sofá de gamuza sintética. Sintió un nudo en el pecho. No era tristeza. Era la certeza de haber amado un fantasma.
Fue entonces cuando se acercó una chica del equipo del equipo de Data. Morocha, real, ruidosa. Se llamaba Valeria y traía consigo un aura tan desprolija como viva. Lo escuchó, se rió de su historia y lo tildó de “romántico siglo XXI”.
Se miraron a los ojos.
— ¿Me acompañás afuera a fumar?—preguntó Valeria, desviando la mirada hacia la salida.
— Obvio, dale.—dijo inevitablemente Exequiel.
Y él, apenas tambaleando, aceptó su mano como quien se aferra a una cuerda después del naufragio. Salieron caminando hacia el ascensor. Él sentía que algo —al fin— podía recomenzar.
Cuando las puertas estaban por cerrarse, una figura apareció en el umbral. Silenciosa. Delgada.
Vestida de negro y azul.
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