Mariano ObligadoSpeaker & Consultor

Cuentos de Oficina

Dos Jefes y un Destino

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Era una noche lluviosa y Samuel tipeaba frente a tres monitores. Por un lado, era el Tech-Lead —y único empleado de IT— del e-commerce DigiCarnes, un frigorífico de Liniers que se estaba modernizando. Y todo iba bien, pero la inflación —y cierta ansiedad existencial— lo habían llevado a explorar un segundo empleo, 100% remoto y 100% prohibido. Era Senior Developer para Desirée Intimates, la marca de lencería más provocativa de Palermo.

Desirée Intimates era liderada por Brigitte, una de las influencers más top de Argentina. DigiCarnes, en cambio, por el señor Cardozo, un ex sargento jubilado de la policía, que había ido construyendo su imperio ganadero con el correr de los años.

Al principio, Samuel manejaba hábilmente su trabajo doble: durante el día, codeaba a destajo para DigiCarnes, mientras que por las noches, vestía su teclado con la sensualidad clandestina de Desirée Intimates. Sábados y domingos se transformaban en jornadas heroicas donde apagaba incendios y pulía cualquier aspereza que su rutina dual pudiera generar. Hasta entonces, su equilibrio era impecable.

Hasta que llegó el Black Friday.

Durante el Black Friday, los banners debían actualizarse a velocidades vertiginosas. Promociones surgían y morían en cuestión de segundos. La falta de planificación y los volantazos de los dueños poco ayudaban. Todo era instintivo, todo era salvaje.

Entre tanta ida y vuelta su cerebro parecía un mate seco del que se seguía pitando y pitando. Las líneas de código empezaron a cruzarse. Samuel sentía que su mente se licuaba lentamente como manteca derretida sobre una sartén candente. Fue entonces, entre sueños inquietos y commits febriles, que ocurrió lo ineludible. Primero, sutiles fallas: un sujetador “Talla M” apareciendo con precio por kilo. Luego, banners promocionales cruzados: “Rinde 6 porciones – Coselete ahumado con encaje francés”.

A día de hoy Samuel no recuerda nada de lo sucedido, pero la situación se descontroló por completo:

"Corpiño push-up + un kilo de mollejas, directo a la parrilla, ¡y al corazón!"

"Picardía al carbón: tanga animal print con entraña premium, tan jugosa como vos."

"Pasión criolla: ligueros de encaje francés + chorizos, bombón"

"Pack Tentación: baby doll transparente acompañado de chinchulines crocantes, ¡porque la sensualidad también se come!"

Son solo algunas de las decenas de promociones que se filtraron entre bifes y bombachas.

Al amanecer, observó horrorizado el fruto de su fatiga: un escalofrío helado recorrió su columna mientras imaginaba la furia inevitable de sus jefes. Recordó los acuerdos de confidencialidad firmados bajo solemne juramento digital.

El horror de Samuel aumentó al recibir el mensaje urgente del señor Cardozo. Su corazón latía con un ritmo frenético que parecía anticipar una terrible sentencia. Imaginaba ya juicios, tribunales, quizás cárceles oscuras en Devoto. Hizo de tripas corazón, y se tomó el colectivo a Liniers donde estaba la oficina del señor Cardozo.

Cuando cruzó el umbral de la oficina de DigiCarnes, se quedó helado. El señor Cardozo no estaba solo. Lo acompañaba Brigitte.

—Samu,—dijo Brigitte— ¿sabés lo que hiciste, gordi? El silencio era tan espeso como un vacío madurado.

—Sí… —tragó saliva— Confundí los entornos. Subí assets erróneos. Ya estoy corrigiéndolo. Entiendo si…

—¿Corregirlo? —lo interrumpió Brigitte, sonriente— ¡Rompimos record de ventas! Y nos deshicimos de un montón de mercadería vieja. —La sección ‘Cortes Íntimos’ está colapsando—agregó Cardozo—. Nos llaman de canales de cocina, ¡y de revistas de moda!

Samuel parpadeó. —¿Como… no, no entiendo? ¿No estoy despedido?

—Despedido no, bebé. Pro-mo-vi-do.—dijo Brigitte— A VP of Innovation Synergy.

Samuel, atónito, sintió que el terror se desvanecía, y era sustituido por la suave euforia del inesperado éxito.

Y así, el ambicioso programador volvió a su casa en Caballito, saboreando la deliciosa ironía del destino.

Sus dos empresas se unieron, y él volvió a tener un solo empleo. Pero mejor salario que antes.

Con un equipo a cargo y menos líneas de código por escribir, Samuel volvió a encontrarse una mañana, ahora frente a un sólo monitor. Tenía un café aún más caro y el alma aún más inquieta. Miró el calendario: No había urgencias. Solo él, su café humeando.

Y la pestaña de LinkedIn.

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