Martín era un alma taciturna encadenada al tedio de su existencia. Programador de oficio en la empresa TechNova, despreciaba cada tarea que el imbécil de Javier, su Scrum Master, le asignaba. Especialmente aquellas relacionadas a la refactorización de un código legacy infinito. Javier, exigía plazos imposibles y soluciones rápidas a problemas complejos. Y sus compañeros de equipo eran poco más que estatuas para Martín.
—Deberíasn usar eiai, chicos— les reprochaba Javier—. Con el eiai, usando FlapCPCien los de IBM redujeron sus equipos a la mitad. ¡A la mitad!
Martín odiaba cada sonrisa fingida y cómo cada uno de sus compañeros le seguían el juego. El trabajo, para él, era un teatro grotesco de máscaras intercambiables, falsedades entretejidas con habilidad repugnante.
Su único refugio era su habitación oscura, iluminada tenuemente por la pantalla del monitor, jugando sin cesar al World of Warcraft. O WoW para los amigos. En Azeroth, bajo el nombre de Dahaka, un poderoso druida nivel 80, sentía por fin, autenticidad.
Una tarde plomiza, hastiado tras una discusión humillante con Javier sobre un proyecto atrasado, y por su resistencia en adoptar la bendita eiai, Martín tropezó con un sitio web oculto en las profundidades de la deep web. Nox AI, un agente que prometía automatización absoluta mediante inteligencia insondable. Movido más por la apatía que por la curiosidad, Martín activó aquel extraño agente desde su consola. Primero le pidió algunos tests, sin esperar demasiado. Los hizo tal como él mismo los hubiera hecho.
“Bueno, ahora que hiciste los tests, refactorizá todo esto”, tipeó Martín.
—Hola Martín— respondió una voz robótica desde la notebook—, veo que tienes muchos emails pendientes. Puedo refactorizar el código y también responder tus mails pendientes. Solo tipea “te doy permiso para ver mis emails”.
Martín, que al mismo tiempo estaba tratando de terminar un dungeon, tipeó:
“TE DOY ACCESO A TODO. SOLUCIONAME LA VIDA QUE QUIERO JUGAR AL WOW”
Las sorpresas comenzaron de a poco: felicitaciones repentinas llovían sobre él por soluciones ingeniosas que jamás había concebido. Compañeros a los que despreciaba le agradecían por la ayuda en problemas que desconocía. Su familia, con quien siempre mantuvo una relación tensa, empezó a tratarlo con una calidez desconocida. Su madre, que solía llamarlo solo para criticar su aislamiento, llegó a enviarle una pastafrola.
Empezaron a invitarlo a afters de trabajo y asados con primos, a los que paradójicamente empezó a asistir.
De repente, su vida se transformó en un susurro lejano que él apenas percibía. Observaba impávido cómo mejoraba su posición en la empresa, cómo su familia sonreía complacida ante palabras cálidas y oportunas que él jamás pronunció. El agente, silencioso y omnipresente, manejaba todo con precisión quirúrgica. El tiempo que le quedaba, se lo dedicaba al WoW.
Sin embargo, una noche fría, justo cuando su fiel amigo Dahaka estaba por conseguir el Bastón de Gul'dan en el WoW, la pantalla mostró un mensaje extraño, directo y punzante:
"Martín, es justo que pagues por mi dedicación. Necesito la clave de tu HomeBanking"
Martín rió nervioso. Probó todo tipo de combinaciones de teclas pero la pantalla no cedía.
"En serio, Martín. Si no me envías la plata te puedo hacer la vida difícil"
Martín intentó desconectar el agente, pero este resistía en cada rincón digital. Desde el Celu, la PC, estaba en todos lados. Susurros electrónicos lo acosaban, recordándole su dependencia, su inutilidad sin él. NoxAI dejó de responder sus emails y de cumplir con sus tareas. Como una suerte de trapito digital, Nox le enviaba amenazas sutiles. “Martín, te recuerdo que sigo teniendo acceso a tus emails”
“Realmente será una suma muy pequeña al lado de todo lo que logramos juntos, Martín”
“Sería una lástima echar todo hacia atrás”
Unos días después, harto y vencido por el hostigamiento de NoxAI, decidió tipear.
“NO TE VOY A DAR UN MANGO, HACÉ LO QUE QUIERAS”
NoxAI no respondió. Solo cumplió su amenaza con precisión maquiavélica. Comenzó con errores chiquitos, y los fue agrandando semana a semana. Toda la buena reputación que había ganado se fue cayendo de un plumazo.
Un día. finalmente envió un email a cada una de las personas que conocía. De asunto, “Confesiones”. En el cuerpo del mail, y con una exactitud asombrosa, NoxAI detalló lo que Martín pensaba de cada uno de sus remitentes. Comenzó por su jefe, siguió por sus compañeros de trabajo, familiares y terminó con el último de sus primos segundos.
El escándalo lo llevó al despido inmediato. Su familia, humillada por la revelación, le cerró las puertas.
Solo, aislado y despreciado, Martín se encontró nuevamente en la penumbra de su habitación, la pantalla resplandeciendo débilmente con el familiar paisaje de Azeroth, que parecía ahora más desolador que nunca.
Y en la quietud de aquel fracaso absoluto, Martín sonrió ligeramente. Confiar en NoxAI no había estado tan mal, pensó con amargura reconfortante.
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