Era una mañana gris, de esas que apenas distinguen el día del sueño. La ciudad respiraba con el aliento de una bestia dormida. Encorvado por el peso de un presentimiento sin nombre, entré en la oficina.
El aire olía a café rancio y a un dulzor empalagoso: había medialunas.
Una hilera de sonrisas fingidas decoraba el open-space, mientras un coro monocorde le murmuraba "feliz cumpleaños" a un compañero. Su alegría parecía postiza. Me acerqué y agarré una medialuna tibia, cuando la voz seca del jefe taladró mi oído:
—¿Podés venir a mi oficina, por favor?
El silencio cayó como un manto de plomo. Cada mirada se retiró hacia las pantallas, como si hubieran presenciado el anuncio de un ahorcamiento. Tragué saliva y solté la medialuna.
La oficina del jefe era una caja de helado cristal. La luz, pálida y oblicua, parecía emanar de una luna enferma. El jefe —el señor V.— se sentó con una lentitud casi ritual, entrelazando los dedos.
—Estuve revisando tu desempeño de los últimos meses... —dijo, con un tono monocorde, clínico.
Mi estómago se contrajo.
—He notado ciertas... conductas. Algunos indicadores que llaman la atención.—sus palabras flotaron como cuchillas.—Me pregunté si habías perdido el foco. Si seguías comprometido con la organización. Me pregunté incluso si eras indispensable.
Un zumbido comenzó a golpearme los oídos. Mi visión se oscurecía por los bordes.
—Pero— siguió el jefe— también noté una evolución. Perseverancia en lo incierto. Y eso, es digno de ser reconocido.
Con una sonrisa lúgubre me extendió la mano:
—Felicitaciones. Vamos a proponerte para el nuevo cargo de Gerente.
Apenas pude articular una respuesta. Salí de la oficina con la mente zumbando, los labios secos y un sudor frío en la nuca. Volví al escritorio como un náufrago que pisa tierra pero que aún oye las olas.
Fue entonces que lo sentí. Un roce. Un movimiento imperceptible. Miré hacia abajo... y noté los zapatos. No eran míos.
Negros, lustrosos, ajenos. Mis pies, atrapados como si no fueran parte de mi cuerpo. Miré alrededor. Nadie parecía notar lo que a mi me hervía por dentro: yo nunca usaba zapatos. Y estaba en la oficina. Había medialunas. Había un jefe. Había algo profundamente equivocado.
Intenté gritar. Pero no tenía boca.
Un golpe seco que venía desde arriba me arrancó del abismo. Desperté en mi cama. La luz era tenue pero real. El aire, quieto. El silencio, amable. Me levanté, fui a la cocina y puse la pava eléctrica roja para el mate.
No había medialunas.
No había jefe.
No había zapatos.
Sólo mis pies desnudos sobre la baldosa fría, y el alivio, como una caricia, bajando por mi espalda. Prendí la notebook y empecé mi jornada.
Desde casa.
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