Mariano ObligadoSpeaker & Consultor

Cuentos de Oficina

No salgan

← Todos los cuentos

Lo primero que vio Matías Brizuela aquella mañana no fue el mensaje del consorcio ni la pistola apuntándole. Lo primero que vió esa mañana, en la daily meeting, fue la foto de perfil de Lucio Aráoz, que nunca ponía cámara.

En la foto de perfil, Lucio Aráoz tenía el pelo mojado, una remera blanca demasiado nueva para ser de entrecasa y una pulsera de cuero negro en la muñeca izquierda. Matías la recordaba de Instagram: el mismo anzuelo de plata sobre el volante de un auto imposible, después en Lisboa, después en una playa del Caribe.

Tres meses antes, Matías había dejado de seguir a Lucio. Era insalubre ver todos los domingos a un incompetente con su mismo puesto, su misma antigüedad y, subiendo fotos desde aeropuertos, hoteles, restaurantes con nombres cada vez más cortos. Lucio era tenía el mismo puesto que él. Hacían lo mismo: reuniones, reportes, calibraciones, seguimientos, conversaciones incómodas disfrazadas de cultura.

Pero Lucio vivía como si cobrara en otra moneda o hubiera heredado un puerto.

—¿Matías? —dijo una voz. Matías volvió a la pantalla.

Su jefa, Vanesa, lo miraba desde un recuadro.

—Te preguntaba si llegás con el informe para las cinco.

—Sí, si —dijo él—. Llego bien.

En ese momento vibró el celular. Era el grupo de WhatsApp del edificio.

Primero apareció un mensaje de Silvia 8B:

No salgan de sus departamentos.

Después otro, de alguien del cuarto:

Hay ladrones en el edificio.

Otro:

Son dos. Están subiendo.

Y después un audio que Matías no podía escuchar.

La reunión seguía. Matías manoteó unos bizcochos agridulces de su paquete de Don Satur del paquete. Alguien explicaba un problema con una vacante crítica. En la pantalla, todos asentían con esa gravedad aprendida de la gente que cobra por fingir urgencia. Matías miró la puerta de entrada. No hizo nada.

El golpe llegó a las diez y diecisiete.

Tres golpes.

Después una voz:

—Fumigación.

Matías se levantó.

No contestó.

—Fumigación —repitió la voz—. Abra, por favor.

La palabra “por favor” fue lo que más miedo le dio. Los ladrones, pensó, no dicen por favor.

Dio dos pasos hacia atrás en búsqueda de las llaves para meterle doble vuelta a esa cerradura. Tarde.

La cerradura hizo un ruido seco y los ladrones avanzaron con una facilidad humillante.

Uno era alto, flaco, con una campera gris y pasamontañas. El otro era más bajo, ancho de hombros, con guantes negros y una mochila cruzada. El bajo llevaba una pistola. No la apuntó al principio. No hizo falta.

—Al piso —dijo—, si colaboarás no te va a pasar nada.

Matías siempre había creído que en una situación así uno gritaba. Descubrió que no. El cuerpo negocia antes que la cabeza.

Le ataron las manos con el cable de un cargador y después con una corbata que encontraron en el perchero del pasillo. Lo sentaron en el sillón. El alto fue directo al dormitorio. El bajo se quedó en el living.

La notebook seguía abierta.

En la pantalla, la reunión había terminado. Slack ocupaba ahora el centro, con sus canales, sus notificaciones, sus nombres conocidos.

El ladrón bajo miró la computadora.

—Trabajás lindo vos.

Matías tragó saliva.

—Llevate lo que quieras.

—Qué generoso.

—No tengo efectivo.

—Nadie tiene efectivo.

El tipo acercó una silla y se sentó frente a la notebook.

Matías sintió un miedo nuevo.

—No toques eso.

El ladrón lo miró por encima del hombro.

—¿Esto vale más que la tele?

—Es del trabajo, llevatela si querés

—¿Y donde está la diversión?

Movió el mouse. Slack estaba abierto.

—Qué maravilla, ¿quién es esta Vanesa, tu novia? —dijo.

—Mi jefa. Ya te estás llevando todo, ¿podés por favor cerrar todo eso?

— ¿Y que tal es como jefa?—Que se yo, buena—Matías estaba nervioso. Muy nervioso, empezó a hablar rápido—bah, buena. Digamos que está ahí porque conoce al dueño. Si me preguntas posta, posta, lo único que hace es cada tanto tirar una palabra en inglés y ya está.

El ladrón dejó entrever una sonrisa blanca detrás del pasamontañas. Abrió el chat con Vanesa y puso:

Vanesa, tu liderazgo es puro en repetir palabras en inglés hasta que todos se cansan y te dicen que sí.

—No maestro, ¡me van a rajar!— dijo Matías.

—Pensalo así—lo calmó el ladrón—. Tenés licencia para que digamos lo que quieras.

En el canal general puso:

Son todos una manga de mediocres. La mitad de sus reuniones existen porque nadie se anima a decir que no sabe qué hacer.

Enviar.

Matías sintió que el corazón le golpeaba en el cuello.

—No hagas eso.

El ladrón abrió otro chat.

Germán, director de People.

Germán, hablar de cultura con vos es como hablar de natación con un ladrillo.

Enviar.

El hombre del dormitorio gritó algo.

—¿Qué hacés?

—Nada —dijo el bajo—. Laburo remoto.

Se rió solo.

Matías no quería reírse.

Pero algo se movió en él.

No fue risa todavía. Fue una especie de reconocimiento. Una vergüenza íntima. Aquellas frases no eran suyas, pero podían haberlo sido. Las había pensado, tal vez no con esas palabras, pero sí con esa exactitud amarga que uno guarda para no perder el sueldo.

El ladrón abrió el canal del equipo.

El problema no es la falta de comunicación, Vanesa. El problema es que se comunican demasiado para decir muy poco.

Enviar.

Matías cerró los ojos.

Pensó en Recursos Humanos investigando su conducta. Pensó en Vanesa, ofendida de verdad o fingiendo estarlo porque le convenía. Pensó en Germán usando la palabra “grave”. Pensó en su propio nombre asociado para siempre a una mañana de furia digital.

Y sin embargo, detrás del miedo, había otra cosa.

Alivio.

El ladrón decía lo que él nunca diría.

No porque fuera mejor que el ladrón. Porque era más cobarde.

—Tenés buenos contactos —dijo el hombre.

—Son compañeros de trabajo.

—Peor todavía.

Siguió mirando nombres.

De pronto se detuvo.

—Lucio Aráoz —leyó.

Matías no dijo nada.

El ladrón giró la cabeza.

—Ese no te gusta.

—No lo conocés.

—No hace falta. Mirá la foto.

Lucio aparecía en Slack con una foto profesional, camisa abierta en el cuello, sonrisa medida, fondo blanco. Parecía confiable. Ese era parte del problema. Lucio siempre parecía confiable.

—No me cae mal —dijo Matías.

—Mentís pésimo.

El ladrón abrió el chat con Lucio.

No escribió todavía.

—¿Qué tiene?

—Nada.

—Decilo.

Matías miró hacia el pasillo. El otro seguía revolviendo cajones.

—Tenemos el mismo puesto.

—Ajá.

—Entramos con dos meses de diferencia.

—Ajá.

—Pero él vive como si fuera socio de la empresa.

—¿Y eso te molesta?

—No.

El ladrón esperó.

—Sí —dijo Matías.

El hombre asintió, satisfecho.

—Eso es hablar.

—No entiendo de dónde saca la guita.

—Capaz no se la gasta en Don Satur— y metió su mano enguantada en el paquete de bizcochos agridulces, sacó unos dos o tres y se los mandó directo a la boca.

Matías soltó una risa seca.

—No se ahorra un Audi con tickets de almuerzo.

El ladrón también se rió masticando.

—Linda frase.

—No la pongas.

El ladrón la puso en el canal general:

No se compra un Audi con tickets de almuerzo. A ver para cuándo un aumento.

Enviar.

Matías sintió una mezcla absurda de espanto y placer.

—Sos un hijo de puta— se rió Matías, nervioso.

—Pero justo.

—Lo dejé de seguir en Instagram por eso —dijo Matías.

No sabía por qué lo decía. Quizá porque estar atado en su propio sillón lo liberaba de ciertas prudencias. Quizá porque el miedo, cuando no mata, confiesa.

—¿Por qué?

—Porque me arruinaba los domingos.

El ladrón se quedó quieto.

Después repitió, casi con respeto:

—Te arruinaba los domingos.

Y entonces rió.

No fue una carcajada cruel. Fue una risa baja, cómplice. Matías, por un segundo, sintió algo intolerable: simpatía.

No por el ladrón.

Por la máscara.

La máscara hacía lo que todos deseaban alguna vez: separaba la cara de los actos. Permitía decir sin ser. Golpear sin tener historia. Escribir sin firma moral, aunque la firma fuera la de otro.

El ladrón iba a escribir de nuevo, pero entonces se escuchó un golpe en el pasillo.

Después otro.

Una voz gritó:

—¡Policía!

El hombre alto apareció en la entrada del living con una mochila cargada.

—Vamos.

El bajo cerró la notebook de golpe.

Miró a Matías.

—No te preocupes —dijo—. Nadie se va a ofender. No le importás a nadie.

Se levantó.

O entendió y no quiso entender.

El ladrón le apoyó dos dedos en el hombro, casi con delicadeza. Se sacudió las migas de Don Satur en la remera de Matías.

—Portate bien.

Salieron.

La puerta quedó abierta.

Durante unos segundos, Matías escuchó corridas en la escalera, puertas que se cerraban, una mujer llorando en algún piso. Después silencio.

La policía entró cinco minutos más tarde.

Eran dos.

Uno llevaba una escopeta negra contra el pecho. Tenía la cara ancha, cansada, y hablaba con una calma profesional, como si estuviera tomando una denuncia por humedad en la pared. El otro era más joven y sostenía una pistola con ambas manos. Revisó el baño, la cocina, el balcón.

—¿Está solo? —preguntó el de la escopeta.

—Sí.

—¿Herido?

—No.

Le soltaron las manos.

Cuando la sangre volvió a circular, el dolor fue tan fuerte que Matías casi lloró. No lloró. Le pareció importante no llorar delante de esos hombres.

El policía joven dejó la pistola apuntando al piso.

—¿Cuántos eran?

—Dos.

—¿Armas?

—Uno tenía una pistola, el otro no se.

—¿Los vio bien?

—Tenían pasamontañas.

—¿Altura?

Matías los describió mas o menos como pudo.

—¿Algo más? Alguna marca. Tatuaje. Reloj, ¿algo notorio?

Matías iba a contestar que no. Tenía todavía migas en la remera, las migas que el ladrón le había sacudido encima antes de irse. Bajó la vista para limpiárselas.

Entonces vio el brillo.

No era una miga. Estaba prendido a un hilo de algodón, mínimo, ridículo, como si hubiera pescado algo en él.

El anzuelo de plata.

El policía lo trajo de vuelta.

—Señor… ¿me confirma si notó algo llamativo en los ladrones?

Matías cerró la mano sobre el anzuelo.

—No —dijo.

El policía de la escopeta lo miró.

—¿No qué?

Matías sintió la punta hundirse apenas en la palma.

¿Querés más cuentos?

Suscribite a la newsletter semanal en LinkedIn o volvé al índice.